Hay marcas que no necesitan presentación. Caja Rural Granada lleva décadas siendo parte del tejido social y económico de nuestra provincia, presente en los pueblos, en los barrios, en las historias de tantas familias españolas. La Fundación Caja Rural Granada amplía ese compromiso hacia la cultura, la tradición y el apoyo a las comunidades. Es una institución que ha sabido mantenerse cercana, auténtica y reconocible a lo largo del tiempo. Y eso, en publicidad, vale mucho.
Cuando Caja Rural y su Fundación nos contactaron para diseñar el cartel oficial de sus fiestas 2026, lo primero que tuvimos claro fue que no queríamos hacer simplemente un cartel bonito. Queríamos hacer un cartel honesto: uno que dijera algo verdadero sobre quién es Caja Rural y qué significan las fiestas para la gente.
Las fiestas no existen por sí solas. Existen porque hay un padre que lleva a su hijo a hombros para que vea mejor la noria. Porque hay una pareja de mayores que se lanza a bailar vestidos de flamenco sin importarles nada más. Porque hay una guitarra que suena en una esquina, una copa que se comparte, una puerta que da la bienvenida a todo el mundo. La fiesta es eso: las personas.
De ahí nació el eslogan Juntos somos la fiesta. Una frase que además dialoga directamente con el lenguaje de la propia Fundación —Somos Fundación, Somos Cultura— y que construye comunidad desde la primera palabra. No es un eslogan que describa la fiesta desde fuera. Es un eslogan que nos mete dentro.






Sabíamos que la propuesta era arriesgada. Y lo asumimos con convicción, porque creemos que honrar una marca no significa repetir lo que ya existe, sino encontrar una forma nueva de decir lo mismo de siempre.
Partimos del verde Caja Rural, ese verde icónico e inconfundible que cualquier granadino reconoce al instante. Pero en lugar de quedarnos en lo conocido, lo ampliamos: desarrollamos una paleta de verdes aguamarina y verde menta, frescos y luminosos, que aportaban una energía nueva sin romper con la identidad de la marca.
El corazón visual del cartel son dos bloques de ilustración manual —hechos a mano, con trazo limpio y contemporáneo— que se estructuran uno arriba y otro abajo, flanqueando el eslogan en el centro. Dentro de ellos, escenas propias del Corpus: un padre con su hijo a hombros, una pareja de ancianos bailando flamenco, una guitarra, una copa, una granada, una noria y la puerta de la feria abierta dando la bienvenida a todos y todas. Escenas cotidianas y a la vez profundamente simbólicas, que son Caja Rural y que son Granada. Esta arquitectura modular no es casual: permite que el sistema gráfico funcione de manera flexible, combinando módulos, invirtiéndolos o utilizándolos de forma independiente según la pieza. Un cartel que es también un sistema.
El resultado fue una pieza que nos hace muy felices: capaz de atraer al público joven por su frescura y modernidad, y de emocionar a quienes llevan toda la vida celebrando el Corpus de Granada. La tradición y lo nuevo, perfectamente abrazados.






El cartel gustó. Y gustó tanto que el proyecto no terminó ahí.
Caja Rural nos encargó también el interiorismo y diseño completo de su caseta para el Corpus Christi de Granada 2026. Para nosotros, ese momento fue especial: ese cartel iba a cobrar vida en un espacio físico, en plena fiesta, rodeado de gente. El imaginario gráfico del cartel se convertiría en el alma decorativa de la caseta.
Trabajamos a partir de los elementos principales del cartel y los trasladamos a una serie de vinilos que vistieron cada rincón del espacio: columnas, escenario, paredes, baños y entrada. La paleta de aguamarina sobre fondos blancos con lunares aportó una luz y una ligereza que transformaron por completo el ambiente. Los ornamentos de claveles —uno de los elementos más icónicos del cartel— y la espiga de Caja Rural se combinaron para que el branding estuviera presente con fuerza pero sin resultar invasivo. Todo respiraba la misma personalidad.
La entrada merecía un tratamiento especial. En la pared junto a los cajeros colocamos el eslogan, y frente a ella instalamos un espejo decorado con farolillos y una espiga en 3D que aportaba volumen, profundidad y un acabado precioso. Quisimos que fuera el rincón de las fotos: ese espacio donde la gente quiere hacerse una imagen no porque haya un logo, sino porque el elemento de marca es tan bonito que apetece compartirlo. Y así fue.
Además de los vinilos, nos ocupamos de la selección y distribución de todos los elementos decorativos: farolillos, lámparas, macetas… La coherencia entre el diseño gráfico y los objetos físicos era fundamental para que el conjunto funcionara como un todo.
El proyecto se completó con el diseño de las invitaciones que Caja Rural repartió entre sus clientes, la carta del menú y los carteles con los precios de la caseta. Piezas distintas, con formatos distintos, pero con el mismo ADN visual: el mismo color, la misma tipografía, los mismos elementos gráficos. Esto es lo que ocurre cuando un sistema de diseño está bien construido desde el principio: puedes desarrollar cualquier pieza y todo encaja.






Como no podía ser de otra manera en Wola, fuimos con la cámara. Fotografiar el proyecto terminado, en contexto, con la fiesta de fondo, es parte de nuestro trabajo y también de nuestro disfrute. Las imágenes que veis en este proyecto son el testimonio de algo que nos llena de orgullo: un encargo que empezó siendo un cartel y acabó siendo una experiencia completa.
Colaborar con Caja Rural y su Fundación ha sido un privilegio. Poder poner el diseño al servicio de una marca con tanto significado y tanta historia, y hacerlo de una manera que aporte algo nuevo, es exactamente el tipo de trabajo para el que existe Wola.